3 feb. 2015

Ven para o blogue e gaña...

Cristina Pérez, alumna de 1º de bacharelato, achéganos a primeira participación na modalidade ti escribes?

Tarde lluviosa, Cristina Pérez
Hoy hace día de pasar la tarde en el cementerio. Hablando de mi día a día con los que ya se fueron, contándoles cuánto les echo de menos, repitiendo una y otra vez lo dura que es la vida y llorando mientras la lluvia también cae por mi cara, ocultando así las lágrimas.

Sé que no me podrán escuchar ni responder, pero mi conciencia se quedará mejor.
Algún día sabré qué hay después de esa temida muerte y si se siente algo.
Mientras, aquí seguiré, haciendo lo que nadie hará por mí.
Dejo el pequeño ramo de flores encima de la tumba y me levanto. Parece que ya se ha hecho tarde, apenas se percibe algún tipo de luz aquí, sólo oscuridad.
Me encamino hacia la salida y oigo un ruído detrás de mi, como si algo hubiese caído. Me doy la vuelta y veo un pequeño paquete en el suelo. No sé que tendrá dentro. Me lo meto en el bolsillo y me voy para casa.
Al llegar, observo lentamente la pequeña cajita. ¿Qué será? La abro despacio, como si fuera a haber una bomba dentro...

Todo lo que encuentro en ella es una pieza de puzzle, parece que se trata de algo con humo, pero es una parte muy pequeña para identificarlo.
Le doy la vuelta y por detrás veo escritas unas coordenadas: 43º 22' 15''N 8º 23' 45''E. ¿Dónde será? Busco en internet y veo que se trata de la plaza de María Pita.
¿Qué habrá ahí? Mañana quizá vaya; total, no tengo nada que perder.

A la mañana siguiente.
—¿A dónde vas, hija?― pregunta mi madre.
—Voy hasta el centro, tengo que mirar una cosa —respondo.
—¿Y puede saberse para qué?—dice.
—Pues para nada en especial, sólo quería observar a un niño pequeño alejado de sus padres, ofrecerle un caramelo, raptarlo y pedir unos cuantos miles de euros por él. ¿Te parece bien? —digo seriamente
—¡Ay, hija mía, tú y tus gracias! Está bien, lo he captado, no te incordio más. No vuelvas tarde.
—Vale, volveré pronto —digo saliendo de casa.
Y esa es mi forma de evitar más preguntas de mi madre; parecerá una tontería, pero si le sueltas una cosa así absurda, al menos no proseguirá con todo el interrogatorio de antes de salir.
Cojo un bus que me deje cerca de María Pita y me apeo en la parada correspondiente. Cuando llego, observo toda la plaza. No hay demasiada gente. Y no veo nada ni nadie sospechoso que vaya a darme otra pista. Doy una vuelta por ella en busca de algo. De repente, noto como me pego al suelo. ¿Qué pasa? Vale. He pisado un chicle... ¡Qué cerdos! Si tenían una papelera aqui al lado! Me agacho para despegar el chicle del zapato y de repente veo debajo de la papelera otra pieza de puzzle y en el suelo, hay escrita una frase: "En 'América' te hallarás y una cascada verás". ¿Qué querrá decir esto? Pensemos... No puede tratarse del significado literal...
¿Habrá alguna calle que se llame América? No lo sé... Espera, si que sé... La glorieta América... Y justo enfrente está la cascada del Palacio de la Ópera!! Sí, tiene que ser ahí!
Me encamino rápidamente hacia allí, y cuando al fin doy llegado, me acerco hacia la cascada. Esta vez miro debajo de los bancos y las papeleras, pero no tengo tanta suerte como antes. Me acerco hacia el agua y veo una pequeña bolsita flotando. No lo pienso dos veces y la cojo. El agua está helada, se nota que estamos en invierno. La abro, y veo que dentro hay ¡otra pieza de puzzle! Junto las tres piezas, parece que hay una estructura metálica en forma de arco, pero no me doy cuenta.
De repente, se acerca a mí un cachorro de labrador, no sé de dónde habrá salido, pero parece que tiene ganas de correr. Lo acaricio y entonces, el perro coge una de las piezas y sale corriendo, como alma que lleva el diablo. Sin más, salgo corriendo detrás de él. El perro se pone a subir como un cohete toda la cuesta que lleva al parque de Santa Margarita y cuando llega a lo alto de todo, al fin se para, suelta la pieza y se va. Maldito perro. La recojo y me siento en unas escaleras a descansar un poco. ¡Vaya carrerita!
De pronto, se pone a diluviar. No me queda otro remedio que entrar en la Casa de las Ciencias.
Justo veo un letrero en la entrada diciendo que hoy la entrada es gratis, ¡qué casualidad! Bueno, pues entro.
Como era de esperar, hay bastante gente. Entonces un niño pequeño aparece corriendo y se choca contra mí. De su bolsillo cae una pieza de puzzle. Intento devolvérsela, pero ya ha desaparecido entre la multitud. Esto parece un juego. La pieza encaja perfectamente con las mías. ¡Cómo no me di cuenta antes! ¡Es la estación del tren! Pues como no se me ocurre otra cosa mejor, voy hacia allí.
Ya empiezo a notar el cansancio y también los rugidos de mi barriga, se nota que se acerca la hora de comer. Bajo las escaleras de al lado de la oficina de Correos y voy hacia la estación. Como siempre, no veo nada que me pueda servir de pista. Me acerco hacia las vías y me siento en un borde de la acera. Parece que viene un tren allá a lo lejos. Noto una presencia detrás de mi y en cuanto me doy cuenta alguien me ha empujado. No me puedo levantar, estoy tirada en las vías y noto cómo el ruido del tren se acerca más y más. Cierro los ojos, todo se vuelve negro y el ruído cesa, ahora todo es silencio. Me siento como si estuviese en un vacío infinito, flotando. Es una sensación incómoda.
Me despierto. ¿Qué ha pasado? ¿Qué hago en esta cama? ¿Estoy en un hospital? Sí, sin lugar a dudas, esto es un hospital.
Veo a mi madre sentada al lado de la cama.
—Hola —digo casi en un susurro.
—¡Oh! ¡Al fin has despertado! —exclama casi llorando.
—Pero que ha pasado? —pregunto.
—Llevabas unos cuantos días en coma. Te encontraron inconsciente en el cementerio. Ya pensé que te perdía...
—Vaya, así que casi todo ha sido un sueño... Y casi sin quererlo casi descubro si hay algo después de la muerte...—susurro para mí.
—¿Qué dices cariño? —dice.
—Nada nada, cosas mías. Me alegro de seguir en este mundo.

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